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ACERCA DE LA ETICA RELATIVISTA


ACERCA DE LA ETICA RELATIVISTA

Ingeniero y Licenciado Edgar Juárez

Anteriormente se entendía como ética los estudios que incluían las buenas costumbres; es decir, se trataba aquí del bien y del mal, y de la forma de hacer lo bueno. Sin embargo, lo bueno y lo malo está normado por la costumbre y por las consecuencias que traiga para la persona o para la sociedad; entonces, de aquí se puede llegar a un relativismo en medio del cual una persona o una sociedad puede considerar como bueno o como malo aquello que le beneficia o le perjudica en forma directa y particular, sin importar lo que esto pueda representar para otros individuos o para otras comunidades. Esto es relativismo.

El relativismo trae consigo muchas consecuencias desastrosas ya que permite que el criterio de un individuo o de una comunidad prevalezca, incluso, por sobre las mismas leyes. Nuestra época y nuestra sociedad se ve claramente enmarcada en esta corriente, donde prácticamente cada quien hace lo que quiere, provocando un anarquismo digno de la barbarie o, tal vez, del salvajismo. Las dos formas más comunes de relativismo se dan mediante la imposición de la voluntad de una persona para con la sociedad y de la voluntad de la sociedad para con el individuo; provocándose, en ambos casos, perjuicio o daño, incluso severo, a quien se le impone dicha voluntad.

Casos de esta imposición los vivimos a diario y para ilustrarlos, aunque sea de una manera superficial, se hace referencia a: 1) Un individuo que causa problemas o daño a la sociedad se tiene en un fumador que sin ningún recato ni consideración, contamina el ambiente y pone en riesgo la salud de los demás. Aquí el relativismo se da en la actuación del fumador, que considera que actúa correctamente porque en relación con su deseo está bien lo que hace, aunque todos a su alrededor, incluyendo niños, ancianos y enfermos, que son más vulnerables, se vean afectados. 2) El caso cuando es la sociedad la que actúa y perjudica al individuo se ve ejemplificada en una colonia o barrio donde se cierran las calles limitando la libre locomoción de los individuos. Claro que se defiende dicho cierre en nombre de la seguridad de los vecinos, pero aún así se está imponiendo la voluntad de la sociedad perjudicando al individuo, pues la única entrada habilitada puede que quede lejos o que se pida algún documento de identificación, cosa que tampoco es correcto, puesto que personas particulares no pueden obligar, ni mucho menos exigir algo que sólo se reserva a las autoridades. Los casos anteriores muestran la manera en que hay perjuicio y daño para los demás cuando se impone el criterio de lo bueno y lo malo en relación con los intereses particulares, en lugar de que se haga con intereses universales, como puede ser el bien común. Los casos anteriores presentan perjuicios leves con relación a otros, como: el robo, el derecho consuetudinario, el secuestro y hasta el asesinato; ¿cómo se manifiesta en estos casos, el relativismo? Pues, de igual manera que en los casos anteriores, al individuo o a la sociedad le parece más fácil ver las cosas desde su punto de vista, desde sus propios intereses, y actúa. Actúa de una forma tal que pasa por sobre los bienes, los derechos y hasta la vida de los demás con tal de satisfacer sus deseos. Las éticas relativistas son aplicadas principalmente en sociedades donde los sistemas legales y de derecho son débiles, y donde, lamentablemente, las autoridades tienen su precio.

SOBRE LA RAZÓN Y EL SENTIMIENTO

Blas Pascal, el filósofo francés, hace ver en su libro La lógica del corazón, que el hombre no actúa sólo por razón, sino también por sentimiento. Esto significa que aún y cuando nuestras acciones muchas veces son ya mecánicas o involuntarias, llevan en sí una carga de razón y sentimiento. Quiere decir, entonces, que por mucho que se piense, nunca va a ser el actuar humano el resultado de la razón pura. Es necesario aclarar que esta sentencia es válida tanto para actuaciones cotidianas como para aquellas de quienes se dedican a profesiones, artes u oficios donde prevalezcan las relaciones interpersonales, por ejemplo: la docencia, ya que en todas estas actividades se pone de manifiesto el sentimiento aunado a la razón.

En la docencia, por ejemplo, la interacción del maestro con sus alumnos está determinada tanto por la carga de conocimiento como también por el cariño, la simpatía, la comprensión y el respeto mutuo; tanto así que Wolfgang Goethe, el ilustre literato y filósofo alemán, dijo que sólo se aprende de quien se ama. Esto es cierto, porque sólo el cariño y la comprensión, el amor, es capaz de provocar el acercamiento del alumno a su maestro, libre de temores y de dudas; sólo el amor hará que el maestro reciba al alumno con el cariño de un padre o de una madre, y que de esta relación nazca el nexo que provocará la transmisión de conocimiento; actividad que aparte de ser productiva debe de ser agradable y perdurable. La estancia en la escuela debe de generar en el estudiante un anhelo por llegar a clases, un vivo deseo por asistir con puntualidad, una participación activa y, al final, todo esto, llegará a constituir un bello recuerdo.

En el maestro, por su parte, la actividad con sus alumnos debe de ser motivo de gozo, de hacer bien las cosas, de actuar con responsabilidad, de realizarse; debe de encontrar en su profesión los motivos que lo impulsen a ser cada día mejor: más comprensivo, más exigente pero comenzando por él mismo, más visionario para descubrir las cualidades de sus alumnos y, en fin, debe, en medida de los posible, alcanzar la felicidad con lo que hace. Han de constituir sus alumnos y su salón de clases una parte de su vida. Claro está, que todo esto no es una utopía y siempre habrá problemas que resolver; pero de los sentimientos combinados con la razón saldrá una solución satisfactoria  para ambas partes: el alumno no se siente reprimido y el maestro no queda como agresor, y lo mejor: conserva su autoridad. Porque la autoridad del maestro en el aula no es sólo una condicionante para que caminen bien las cosas, sino que es hasta un mandato divino; como bien lo expresa San Agustín: La relación de Dios con el hombre es la misma que la del padre con el hijo, y que la del maestro con el alumno.

Entonces, se entiende la autoridad del maestro como un mandato, como un mandamiento que hay que cumplir, pero con amor. Se necesita un maestro con autoridad, pero que la misma nazca no del temor sino del amor, no de la imposición sino de la atracción. No cabe duda, hay que desempolvar viejos y probados principios de grandes maestro como Rousseau o José Martí para quienes sus alumnos eran su todo, eran su ser. Hay que hacer de la docencia no sólo un medio sino un fin, llenarse no sólo de conocimiento sino también de amor, para dar y repartir, para hacer propias las palabras de Martí cuando dijo: y me hice maestro…y me hice creador. Mas si con esto no es suficiente, entonces recurramos al libro de los libros y al maestro de maestros, de quien el mismo Juan el Bautista dijera: Yo debo menguar, para que Él crezca.